Me agarro al clavo ardiendo
por mantenerme a salvo
de tus horas de invierno
cuando callas y dices
que aún no es el momento
de acariciar tu alma,
de vagar por tu cuerpo.
Nada será peor
que el vacío de mañana,
que la muerte escondida,
cuando peines tus canas,
acechando en la sombra,
urdiendo en la ventana,
marcando nuestros nombres,
besándonos las caras.
Y entonces sin mirarnos
lloraremos a medias
las horas lapidadas,
los silencios vacíos,
las esquivas miradas.
Y una mitad se irá
sin poder decir nada.
Un muerto y dos vencidos
de una misma batalla
Me agarro a un clavo ardiendo
y ansío tus palabras,
y voy envejeciendo
en horas malgastadas,
en esta negra noche
mientras espero el alba,

